
| Hasta tiempos aún no muy lejanos, las laderas de nuestros montes estuvieron pobladas por robles y castaños, hasta una altura de unos 600 metros. Durante siglos, la castaña constituyó un alimento fundamental, sobre todo en las casas humildes. La recolección de la castaña, así como la de otros frutos, se realizaba en octubre; una vez vareados los castaños, los erizos se recogían a un cesto empleando unas tenacillas, para no pincharse con la púas, que llamaban “ugeluxue” o “txubelexue”. Estos cestos eran luego vaciados dentro de unos corros de piedra, sin masa, de forma circular u ovalada, construidos en los mismos castañales. En Orozko se les denomina “kirikiñausie.La altura media de sus muros viene a ser de metro y medio. Su diámetro, en función de la importancia del castañar, puede variar de los dos metros a, excepcionalmente, rebasar los ocho. La mayoría tiene un vano de acceso, aunque no siempre. En ningún caso, cubierta alguna. |
Estos corros, testigos mudos del quehacer de tantas generaciones, son auténticos monumentos de nuestro patrimonio etnográfico. En ellos, que defendían las castañas de la voracidad de los jabalíes, cerdos, etc. permanecían los erizos sin tocar unos dos meses, produciéndose en este tiempo una cierta putrefacción de los mismos que facilitaba la extracción de la castaña mediante un ligero golpe de rastrillo. También en este tiempo tenía lugar una maduración terminal, que junto a otros cuidados posteriores, hacían la castaña más resistente al agusanamiento y enmohecimiento, cosa importante si se tiene en cuenta su consumo diario durante seis o siete meses al año.
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